Estos días atrás habían sido días con altibajos; diferentes hechos habían hecho que la princesa pasara por momentos delicados, momentos de pesadumbre y desasosiego, pero felizmente superados por la siempre ayuda de su amado Príncipe.
Como cada noche y como un ritual, entro en su dormitorio encendiendo la "lamparita" situada sobre una mesita que se hallaba entre su cama y el ventanal que daba a los jardines del ala este del castillo.
La luz tenue de la "lamparita" reflejaba la sombra de su silueta en una de las pocas paredes desnudas que había en palacio. Nunca le gusto la forma ostentosa con la que muchos reyes y reinas adornaban sus castillos y ciertamente tanto su padre y como su madre gozaban de tal cualidad, pero ella siempre lo había odiado. La princesa preferia lo sencillo, lo simple, lo discreto y humilde, la belleza natural de las cosas.
La princesa se despojo de sus ropas depositándolas en un sillón situado debajo del ventanal. Y así, de pie y desnuda, observando su silueta en aquella pared, pensaba en su príncipe. Lo imaginaba observándola, espiándola, contemplándola, estudiándola. Lo imaginaba haciendo todo aquello que a ella le gustaba y la ponía tan ansiosa. Disfrutaba permaneciendo desnuda en la leve oscuridad de sus aposentos, se sentía libre y atada, sola y acompañada, nada y todo. Movía su cuerpo, balanceaba sus caderas, deslizaba sus brazos por su cuerpo, desplazaba su cabeza de manera que sentía su largos cabellos dorados rozando su espalda, sus hombros, paseando levemente por delante de sus pechos...le excitaba sobremanera ese dibujo y más aún notar la mirada profunda y penetrante de su Príncipe.
Esa noche no se puso el camisón blanco con el que solía vestirse para viajar por los senderos del sueño, esa noche quiso quedarse desnuda y hacer el viaje despojada de cualquier tela que le impidiese sentir la humedad de la noche. De esa manera, se alzo a su cama, tumbándose boca abajo, cabeza ladeada, extendiendo los brazos a lo largo de su cuerpo, separando sus piernas ligeramente dejando sutílmente su delicado sexo expuesto para que sólo el dueño de tan preciado tesoro pudiese poseerlo a su antojo durante su largo viaje, durante su profundo sueño.Fijo en su mente la imagen de su Príncipe, cada gesto, cada rasgo, cada movimiento, cada palabra y no la abandono conscientemente hasta hallarse sumergida en el mundo de fantasía y ensueños en los que quedaba atrapada cada noche.
Con una dulzura exquisita en su rostro y una sonrisa dibujada en su apetitosa boca, la princesa comenzó su viaje, el viaje perfecto, el viaje soñado, el viaje deseado, ese viaje de la mano de su Señor el Príncipe Celta.






